Julia Alvarez Iguña

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Lic Julia Alvarez Iguña

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Psicología aplicada al Golf

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Los chicos juegan, los padres alientan.


La educación y trasmisión de los valores del deporte, no sólo es tarea del entrenador y su club, sino principalmente de los padres. Los padres educan más con el ejemplo, que con las palabras, son un modelo a seguir, favoreciendo que el deporte aporte enormes beneficios, o se transforme, en un elemento constante de presión.
Cuando uno es pequeño no compite, juega para estar con sus amigos, aprender un deporte, sentirse bien, divertirse. Se quiere ganar, pero para sobresalir, para sentirse reconocidos por su familia, una de las elementales necesidades del ser humano, pilar donde se funda la confianza y la autoestima.
Las presiones de los padres son las que más les afecta, ya que en esa relación, está involucrado el cariño de los que más se ama, esperando esa mirada en espejo de apoyo, delante de los cuales necesita sentirse reconocido y aceptado.
Muchas veces los padres gritan, los chicos juegan, y es en la competencia, cuando se ven sus peores cualidades.
Los padres deben apoyar la tarea del entrenador, respetar su función, alentar, no destruir, cambiar la pregunta ¿te divertiste? por la de ¿ganaste? sin personalizar a los chicos como ganadores, o perdedores, y transmitiendo la idea, de que la victoria no lo es todo. Lo más importante, es como se logró, premiando el esfuerzo, y la dedicación.
Cuestionan las decisiones del entrenador, o del réferi, faltan el respeto, hasta llegan a insultar, si no les es de agrado la decisión tomada. Esta es una manera de saltar jerarquías, no respetando funciones y roles específicos; el padre es padre, el entrenador es entrenador, el réferi es réferi. En estos casos de “padres entrenadores”, el niño se encuentra entre dos fuegos, escucha una doble comunicación, y no sabe a quién hacer caso. Haga lo que haga, no acertará, ya que la duda, la confusión, lo bloquean, y no quiere quedar mal con nadie.
El modelo perfeccionista de algunas personas se traspasa a los hijos. Es que, si nosotros somos perfectos, ansiamos la perfección en nuestros hijos, pues son nuestros. Son los padres narcisistas, que no permiten un error, y critican a sus hijos, ya que ellos no pueden equivocarse. Y tus hijos, no son tus hijos. Son hijos de la vida. Acéptalos, dejálos crecer, y levantar vuelo por sí mismos.
En otros ejemplos, cuando los padres no respetan al contrario, lo verán como un enemigo a quien derrotar, más que como a un rival con quien jugar, y cuando la familia, no atiende ni alienta en los partidos o entrenamientos al niño, lo percibirá como una falta de interés en sus logros, y en su persona, una de las principales causas del abandono deportivo.
Es cierto que todos quieren ganar, pero el deporte también te enseña, que no todo se puede tener, que no siempre todo sale como lo planeamos. El deporte contiene gran parte del drama de la vida, frustración, caídas, incertidumbre, dolor, y se debe ayudar al niño a tolerar estas situaciones, de tal forma, que pueda dar siempre lo mejor de él, transformando al deporte en una sana y constructiva manera de aprender, y formarse como persona.
Aquellos que reciben el apoyo de su familia, pueden disfrutar, divertirse, entran a la cancha tranquilos, esperando compartir un sano tiempo con sus amigos, sabiendo que sus padres están ahí afuera para acompañarlos, no para criticarlos, o presionarlos, sino para ir construyendo confianza, apoyo y autoestima, herramientas tan necesarias en su formación. El deporte es una manera de canalizar las emociones, y la agresividad. No bloqueemos esa sana finalidad para tener hijos sanos física y mentalmente. Que el deporte sea para él, una manera saludable de aprender, divertirse y formarse plenamente como persona.
Lic Julia Alvarez Iguña
Psicología del deporte de Alto Rendimiento
j.iguna@hotmail.com
@igunajulia

"Tengo un hijo rugbier..."


¿Usted sabe señor? Yo tengo un hijo rugbier… Un buen día apareció por casa con la novedad de que quería jugar al rugby. Al principio traté de sacárselo de la cabeza. Le confieso que con mi señora teníamos un poco de miedo, nos parecía un deporte muy brusco y peligroso. Pero ante su insistencia accedimos por fin a que probara -“PROBARA” nada más- con la esperanza, como había ocurrido antes con todo lo que había emprendido, y pronto se cansara y abandonara.

Y ahí empezó la cosa, mejor dicho los entrenamientos y al poco tiempo los partidos (comprar botines, camiseta, medias, etc., etc.). Ante mi sorpresa su entusiasmo no decrecía, al contrario, aumentaba con el tiempo, hasta que un buen día le dije a mi señora “vieja, hoy juega en el club, vamos a verlo”.

Usted sabe señor, cuando salieron a la cancha sentí un nudo en la garganta al verlo tan chiquitito con su uniforme del Club y la cancha tan grande…Cuando nos vio pareció crecer como si nos dijera “¿Ven? Formo parte del equipo del club”.

Después comenzó el partido… ¡Ay señor! Que mal rato pasé. Todos se peleaban por la pelota y cuando alguno la conseguía lo tiraban al suelo y empezaban de nuevo… íntimamente deseaba que él no la agarrara… pero la agarró y el mundo se le cayó encima; casi entro a la cancha para salvarlo. Pero pasó la jugada y se paró y siguió corriendo con todo entusiasmo y al fin terminó el partido. Y ante mi asombro vi como se abrazaba con los rivales y así salían todos de la cancha. Vea señor… en ese momento una leve luz comenzó a hacerse en mi cerebro y quise saber un poco más de ese deporte que yo desconocía, donde después de andar a los revolcones por la pelota, salían de la cancha de esa manera, riéndose y comentando el partido…

Y comencé a concurrir más asiduamente y a entenderlo cada día un poco más, a entender sus leyes. Y ocurrió lo inevitable… Un día en un partido -para ese entones yo me creía un erudito- me pareció que un referee se había equivocado y en lo más profundo de mi ser, como hincha y como padre, discutí con ese referee al finalizar el partido. Lo recuerdo como si fuera hoy: él era un poco mayor que mi hijo y cuando estaba demostándole su proceder, vi a mi hijo que pasaba al lado nuestro abrazado con un chico del equipo contrario…Y vea señor… nunca voy a olvidar la mirada de reproche que vi en sus ojos y lo que después en casa me explicó.

“Mirá papá –me dijo- a mí me enseñaron que el rugby es un deporte de caballeros, donde todo se hace por amor al deporte, y nosotros acatamos y cumplimos eso. Y si alguien se equivoca lo vamos a aceptar porque alguna vez nos vamos a equivocar nosotros y lo van a aceptar del mismo modo”… ¿Y usted sabe señor?... después agregó. “Hoy me hiciste quedar mal ante compañeros y contrarios; por eso, para tratar de enmendar tu error te pido un favor (a esta altura yo creía que me iba a pedir que no fuera más a verlo; sin embargo no fue así) “…y ese favor es que vayas a verme cinco partidos y que durante ellos, hagas el sacrificio de no hablar una sola palabra ni a favor ni en contra”.

Le juro señor que estaba tan avergonzado que acepté sin vacilar y durante esos cinco partidos comprobé que podía haber equivocaciones pero en la mayoría de las veces el equivocado era yo, y sin protestar, no solamente apreciaba mejor el partido; también pude darme cuenta de que detrás de cada silbato de un referee hay un ser humano, joven o viejo, que tiene algo en común: su gran amor por el rugby. Ese amor, esa gran dedicación, no merece la afrenta de la duda.

Un amigo de esta página me envió esta nota publicada en un diario de Colombia, la que me produjo una serie de reflexiones que en parte contestan el artículo, pero que también acercan otra mirada acerca del origen de su espíritu y valores.


» Mi respuesta y mi reflexión
¿Sabe una cosa señor? Entiendo sus emociones; son muchas las personas que se sentirán identificadas con sus palabras… y, ni qué hablar de las madres, en esa tendencia sobreprotectora que caracteriza al sexo femenino, donde por temor a que algo les suceda a nuestros hijos, terminamos convirtiendo esa idea en un pensamiento fijo y persecutorio, haciendo que niños sanos y normales se transformen en seres dependientes y temerosos.

Pero le voy a contar una cosa señor. El deporte es una escuela de vida, donde más allá de habilidades, nos enseñan a resolver situaciones, a crecer, a jugar, a incorporar lo nuevo desechando lo que no sirve, a respetar al otro…y es así señor que entre tantos partidos, competencias, rivales, vamos aprendiendo a “batallar” para luego aplicarlo a la esencia de la vida misma. Acaso la vida ¿no es una eterna batalla, una eterna competencia? En ella nos jugarnos por lo que deseamos, necesitamos competir. Sin competencia no hay excelencia, nos estancaríamos. Hay una frase que dice: “En la medida en que te venzo, siento que puedo, siento que me mido”.

Y sabe señor, ¿cuál fue el origen de estos valores en el rugby? Permítame que le cuente. La primea Escuela de Rugby fue dirigida por Thomas Arnold, rector de 1828 a 1841. Este gran pedagogo inglés fue quien dio origen al nacimiento del deporte contemporáneo. Consideraba que el hombre, más allá de su físico y sus innatas habilidades, dependía de su intelecto, su educación y su excelencia moral. Es así que centrándose en los valores de la educación inglesa, utilizó el deporte para poder ejercitarlos y ponerlos en práctica en las competencias, transformando a los alumnos en “caballeros del juego”. De ahí la frase que dice que el rugby es un deporte de caballeros.

Y es ése, el espíritu del deporte el cual forma parte de su esencia, porque el rugby ha estado desde siempre ligado a su costado formativo, aunque en los últimos tiempos muchos de esos valores no se vean en la cancha. Arnold comentaba el poder del espíritu para afrontar los problemas humanos, donde los valores de la educación eran perdurables e irreemplazables. Estos debían ser aplicados a toda actividad empezando con el juego, como el rugby, para poder trasladarlo luego a la vida.

Y déjeme que le comente otra cosa señor... Thomas Arnold ejerció gran influencia en Pierre de Coubertin, creador de los Juegos Olímpicos, quien afirmaba que la riqueza y la vitalidad de Gran Bretaña se debía principalmente a su sistema educativo, en esa época único en el mundo y fue así que adoptó la filosofía de Arnold para aplicarla en el movimiento olímpico. Por eso, usted me comenta del fair play, las reglas, el respeto por el otro, la disciplina, las normas. Podríamos resumirlo como el valor pedagógico del espíritu del deporte, donde se ponen en práctica los valores de la vida aplicados al juego limpio.

Por eso señor, sigamos acompañando a nuestros hijos en este deporte. No tengamos miedo, somos los padres quienes debemos enseñarles a defenderse del peligro. El peligro siempre está, pero son nuestros hijos quienes deben saber diferenciar la realidad que les toca vivir. El rugby es un deporte de contacto, no lo podemos negar, pero acaso es que no vemos otros peores peligros como el alcohol, la falta de límites, la intolerancia hacia el otro. No sé señor, son muchas las cosas que en este momento pasan por mi cabeza.

Tratemos de no perder el espíritu del deporte, basado en la educación de este gran hombre que luchó por hacer del mismo un juego de caballeros. Nosotros educamos a nuestros hijos, pero también debemos dar el ejemplo, no gritando, no silbando, no insultando al refere. Entiendo su posición en ese momento pero recuerde que se aprende más del ejemplo que de las palabras.

Es responsabilidad de todos, de hacer prevalecer su espíritu y transmitirlo de padres a hijos. Gran Bretaña fue quien dio origen al lema: “el rugby es un juego de villanos jugado por caballeros”. El rugby es la vida misma elevada a “quince”, donde, como usted bien dice señor, luego de la derrota se le da la mano a los rivales agradeciéndoles, ya que sin ellos no se hubiera podido jugar. El reconocimiento nos hace humanos, y éste es el primer valor que debemos sostener en el deporte.

La trampa y el engaño en el deporte


Un viejo dicho inglés dice “el fútbol es un deporte de caballeros jugado por villanos, y el rugby es un deporte de villanos jugado por caballeros”.
Históricamente el fútbol tiene su origen en la célebre reunión en la Freemason’s Tavern de Londres en1863, en la que jugadores de distintas escuelas practicaban variantes del “fútbol” y así intentaron llegar a un acuerdo para unificar las reglas. Esto produjo una división entre quienes querían prohibir el uso de las manos para controlar el balón y los que sí preferían reglamentarlo. Los primeros fundaron el llamado “Footbal Asociatión”; y los segundos, liderados por los representantes de las escuelas de rugby, fundaron años más tarde (1871) la “Football Rugby Unión”.
Luego de su separación a mediados del siglo XIX comenzaron a presentar ciertas diferencias uno del otro, como ser: fuerza y choque contra habilidad; juego limpio contra juego desleal, táctica sobre estrategia, individualidades versus juego en equipo, simpatizantes exaltados vs. hinchas violentos.

El deporte en general entretiene, es una disciplina basada en actividades físicas bajo el cumplimiento de reglamentos, y fue evolucionando con la incorporación del alto rendimiento junto a mayores ventajas competitivas. Es de esa manera que su aspecto lúdico comienza a cambiar por el aspecto económico, sobre todo en el fútbol llegando a formar una industria con reglas propias. Podemos encontrar muchos valores en el fútbol cotidiano donde se juega por diversión y no por dinero, pero cuanto más se convierte en espectáculo mediático y reglado por intereses menos legítimos pierde su esencia deportiva.

Podemos caracterizar al fútbol y al rugby profesional como deporte y como negocio teniendo al dinero como factor elemental. Nadie quiere quedarse afuera sobretodo en el fútbol ya que cotiza alto en el mercado. Este proceso, donde el jugador es libre de elegir el camino que quiere tomar para lograr el ansiado éxito, permite que en las victorias –al contrario de lo que sucede en el rugby- se imponga una jerarquía donde no es lo mismo ganar de un modo que de otro.

El rugby es un juego de grandes virtudes, un deporte de caballeros por la dureza del mismo y por los valores con que se debe actuar dentro y fuera de la cancha, ésa es la gran diferencia con otros deportes grupales. Es un deporte con un fin en sí mismo: divertirse con amigos, superarse a sí mismo, ser feliz, competir.
Ambos deportes entran en la categoría de deportes populares, hemos escuchado definir al fútbol como deporte de multitudes y en la consecución del triunfo no siempre se utilizan conductas centradas en la meta. Cuando la ansiada jugada no se obtiene se aleja del espíritu del deporte, de la solidaridad, del esfuerzo, del “fair play” para cometer dudosas acciones morales que nada tienen que ver con los valores del deporte. Podríamos pensar que ciertos valores del juego se están perdiendo por el excesivo énfasis en el resultado y en el ganar a cualquier precio.

El engaño, la simulación, jugadas encubiertas, o situaciones contrarias al “fair play”, son usadas como picardías para engañar al árbitro y sacar beneficio de la jugada en una manera tramposa sin honor. Es así cuando el deporte, uno de los elementos socializadores mas importantes de la cultura, se quiebra identificándose a los valores culturales y sociales de la época donde no importa el como en la consecución del fin.
Este video me disparó la idea de escribir acerca del porque, y ésto no solo en el futbol, hay necesidad de hacer trampa.
Cuando se hace trampa predomina un doloroso sentimiento de desvalorización reemplazado por la creación imaginaria de una situación de triunfo.
Lo importante no es el tanto en sí, sino la imagen ilusoria de triunfo junto a su contenido afectivo. El que supera la situación es el que gana, el que triunfa, el que puede.

El deseo de aprobación, de éxito, de no querer pasar vergüenza, son todos elementos que influyen en la autoestima. El engaño es una manera de sentirse bien consigo mismo donde no es tolerable el perder, el error, donde se engaña a uno mismo.
Podemos utilizar ciertos conceptos básicos de una denominada “Teoría de la necesidad de logro”, que ya definimos en otro artículo y que la emplearemos nuevamente para comprender el tema.
En todo deporte hay competencia, todos quieren alcanzar sus objetivos y para llegar a ellos existen dos clasificaciones: meta orientada en la tarea, o meta orientada al ego.
La meta orientada en la tarea implica demostración de habilidades, de mejoras personales, de superación de nuevos objetivos, con un elevado nivel de esfuerzo como auto-referencia.

La meta implicada en el ego, está centrada en el resultado, en el reconocimiento externo, en el éxito, en demostrar lo bueno que soy. Pero debemos comprender que el éxito se alcanza a través del esfuerzo y la superación personal. Cuando la victoria depende de uno mismo no es necesario engañar o agredir al rival, o cometer alguna trampa para sentirse competente. Esto es un autoengaño, un ir más allá de la ley y los límites que posee el deporte simbolizado por la figura del referí.
Mientras que el jugador auténtico se juega por su deseo, el que necesita engañar para obtener lo deseado, debe manejar de antemano qué versión anticipada le dará a su jugada.
Es cuando hablamos de una motivación vacía que difícilmente se sostiene a menos que se consigan resultados deseados.


El rugby forma parte del mundo materialista pero no cae en ventajas personales. Es un deporte de equipo donde el habilidoso y el brillante se pierde en lo colectivo del equipo. Cada partido es una gran batalla, un deporte que se juega contra un rival en un pacto de caballeros, donde ese adversario podría pasar luego a ser un amigo para toda la vida. La motivación del rugby está centrada en el juego más allá del beneficio económico que se pueda extraer. De ahí esa garra y corazón, esa profunda emoción que ya vibra al cantar el himno, ese incansable jugador “todo terreno”, donde si bien se busca ganar, se encuentra más en juego la excelencia, la pasión por la camiseta donde el esfuerzo y el trabajo bien hecho hacen la diferencia.



Lic. Julia Alvarez Iguña

Personalidad y Deporte



La psicología del deporte no se dedica sólo al estudio de los atletas y de su comportamiento, sino que también se interesa por la adquisición de conocimiento acerca de los grupos, clínica, prevención y rehabilitación, adquisición y entrenamiento de habilidades mentales y motrices, dinámicas de grupos, desarrollo de la imagen corporal, y características de personalidad.
Se han realizado infinidad de estudios sobre personalidad y deporte sin conseguir un criterio en común, pero sí encontramos interesantes conclusiones entre las personas que practican deporte y aquellas que no lo hacen, como asimismo en lo referente a rasgos de personalidad de cada deporte en especial.

Sabemos que la personalidad se expresa a través de la conducta. Según R. B. Cattel, la personalidad es “lo que permite un pronóstico sobre el comportamiento que adoptará una persona en una determinada circunstancia”. La personalidad nos define como un modelo único de ser que se mantiene estable a lo largo del tiempo; mientras que las conductas están relacionadas a los rasgos personales que distinguen y diferencian a los individuos.
Los rasgos de personalidad pueden ser: calmo, dudoso, sumiso, dominante, despreocupado, seguro, sociable, abierto, cohibido, sereno, etc.

Por ejemplo, sentir angustia ante diversas situaciones es un rasgo de la personalidad, hay personas que de por sí son “ansiosas”, o sea, se muestran más ansiosos que la mayoría de las demás en similares situaciones. Nos estamos refiriendo a un estado de personalidad. Mientras que un rasgo de personalidad sería sentir angustia antes de convertir un penal o ante el cierre de un partido; sería una reacción frente a una situación especifica sin formar parte de él de manera estable. Se opone al concepto de estado ya que éste es permanente.
Podemos situar a dos jugadores con idénticas habilidades e idénticas presiones; por ejemplo, la jugada decisiva del partido, frente a ella cada uno tendría reacciones de ansiedad completamente distintas debido a sus respectivas personalidades. Uno podrá ser más tranquilo (ansiedad-rasgo) y no percibe la jugada clave del partido como excesivamente amenazadora. Mientras que el otro podrá presentar un nivel elevado de ansiedad-estado, y, en consecuencia, siente que la situación de patear para ganar el partido es muy peligrosa por lo que su nivel de ansiedad es enorme. Se suman su nivel de ansiedad-rasgo más su nivel de ansiedad-estado. Este es un dato importante para que el entrenador tenga en cuenta ante un partido difícil y poder seleccionar al jugador que realizará la jugada definitoria: el que sea menos ansioso.

Otros de los rasgos que sobresalen en los deportistas es que poseen una mayor resistencia mental ya que están acostumbrados a sobrellevar las exigencias que el deporte impone como ser: entrenamiento, competencias, disciplina, constancia, voluntad, control en situaciones de presión. Algunas teorías afirman que la participación en el deporte desarrolla características que difieren de los no deportistas, los cuales son más introvertidos, dependientes, ociosos, con niveles bajos de voluntad y motivación.

Asimismo, para un deportista es muy importante el poder integrar en un Yo la dualidad cuerpo-mente, poder estar centrado física y psicológicamente en la acción: un Yo físicamente fuerte junto a un Yo mentalmente seguro actuando en armonía.
Los que poseen determinados rasgos de personalidad se acercan más a los deportes, y en los que permanecen en el tiempo en esa actividad se van reforzando sus niveles de extraversión y estabilidad emocional. Richard Cox, profesor de Ciencias de la Universidad de Pittsburgh, lo vincula con la teoría del darwinismo relacionado a la supervivencia del más apto, dejando en el camino a los que flaquean ante las adversidades que el deporte implica.

Además, la personalidad difiere en los distintos deportes.

Los que forman parte de un equipo son más ansiosos, dependientes, extravertidos, arriesgados, ya que la responsabilidad es repartida entre muchos. Los que pertenecen a la categoría de deportes de contacto como el rugby, fútbol, polo, son personalidades más agresivas, impulsivas, con mayor tolerancia al dolor y a la fatiga.

Los que practican deportes individuales como el golf o el tenis, tienden a ser más imaginativos, atentos, competitivos y centrados en sí mismos.


En los deportes de combate sobresalen cualidades como valor, seguridad, perseverancia, esfuerzo y capacidad de soportar desafíos, independencia, velocidad de reacción y de pensamiento táctico. Estas habilidades innatas o adquiridas, necesitan una gran cuota de aspectos volitivos de la personalidad para llevarlas a cabo, las cuales van a incidir en la motivación y en los mecanismos de control y reacción. Los deportes sublimados de la guerra implican personalidades tenaces, son los grandes gladiadores donde impera la rapidez, decisión, coraje, autocontrol emocional ante las dificultades externas como ser un mal arbitraje donde las cualidades agresivas de la conducta deben poder ser controladas y canalizadas con rapidez. El proceso de pensamiento debe apoyarse en mecanismos de rápida información y solución de tareas ya que no se puede llegar tarde a la acción sino “sos hombre muerto”. Se necesita poder procesar tanto la información del equipo como del rival y poseer una rápida lectura acerca de los movimientos del adversario para actuar con rapidez. En cuanto a la atención, no se puede perder de vista ni por un minuto el objeto de la jugada, por lo que se debe poder poseer altos niveles atencionales.

Los que entran dentro de la categoría de los súper atletas, como corredores, maratonistas, ciclistas, son las personas que se dedican a actividades de resistencia, son más individualistas, disciplinados y de férrea voluntad.

Cuando se inicia una actividad deportiva, las personalidades son más heterogéneas.
Cuando un deportista va ascendiendo en posiciones, los tipos de personalidad se tornan más homogéneos. Sin embargo, a medida que se avanza en la zona de rendimiento, comienzan a diferenciarse según sus diferentes rasgos de personalidad. En algunos prevalecen sus debilidades mientras que en otros se consolidan sus fortalezas.

A modo de síntesis, podemos afirmar que la práctica del deporte no modifica la personalidad sino que acentúa y reafirma aquellos rasgos necesarios e imprescindibles que debe poseer todo atleta. En el deporte, igual que en la vida, uno se desarrolla de acuerdo al nivel de exigencia diario. Si no nos exigimos no hay rendimiento. Si no poseemos voluntad, no existe la motivación. Sin motivación no poseemos sentido de acción, de progreso, de superación. El continuo enfrentamiento de adversidades nos hace fuertes ante la tolerancia al error, ya que para alcanzar la cima debemos haber pasado por infinitos “infiernos” y el resultado final es el que nos muestra la realidad, donde no todo es placer, y para poder crecer debemos soportar todas las adversidades a las que el deporte nos enfrenta.

Lic Julia Alvarez Iguña

Iniciación deportiva. Función del entrenador y manejo de los padres



Como indica el video observamos las conductas de ciertos padres.
¿Podrán sus hijos concentrarse con tantos estímulos y ruidos externos?


Hay diversas opiniones en cuanto a cuál es la etapa ideal para la iniciación en el deporte, pero todos concuerdan que ésta puede llevarse a cabo cuando el niño ha desarrollado el necesario nivel de aprendizaje para el deporte que ha escogido.
Cuando se trabaja con chicos, es muy importante implementar su enseñanza basada en una sólida y atenta comunicación, ya que en el deporte se puede hacer daño a los 7 u 8 años, y verlo reflejado a los 12 o más tarde. Por eso es importante el rol de la psicología en el campo de la observación y prevención, remarcando que toda exigencia y manejo de presiones externas, deben estar de acuerdo al nivel de preparación mental de cada jugador o equipo.

A veces observamos que entre lo que se debe y lo que se debería es abismal, viendo a chiquitos de cinco o seis años entrar en el campo de la competencia, como víctimas de padres y entrenadores bajo la influencia de una sociedad exitista. Los niños orientados a la búsqueda constante de resultados sólo sienten placer en función del éxito y del reconocimiento obtenido. En caso de no conseguirlo, son incapaces de hallar satisfacción en el esfuerzo aplicado, lo que va transformando en el niño la tendencia a evitar resultados negativos con poca tolerancia al error, rehusando tareas difíciles donde pueda quedar implicada su autoimagen.

Si bien la competencia forma parte de todo deporte, no es el eje principal sobre el cual se edifica la niñez, y menos en edades donde lo único que el niño quiere es jugar y divertirse. Es muy importante que los padres o tutores puedan facilitar el acceso a diversas disciplinas, pudiendo elegir cuál es su deporte predilecto. Muchas veces, el deporte conserva un lugar de ilusión en el imaginario de la mayoría de las personas, relacionándolo con el ascenso social y económico. ¡ERROR! Hay que comenzar a cambiar el discurso de ser competitivo por el de ser competente. Dentro del campo de los menores la competencia forma parte del juego, pero no como eje central. Es una categoría más, pero no la fundante.

Desde que nace, la prioridad principal del niño es el juego. Ya a los 5 ó 6 años están capacitados para las tareas en grupo, tratando de desarrollar todo el potencial de movimiento, con tareas afines a su grado de evolución. A esta edad se posee un pensamiento concreto, con operaciones realizadas sobre la base de la realidad. Sólo se quiere jugar, predomina el juego espontáneo, la diversión. No se trata de dirigir el juego ni sobresale el premio como parte del juego. A esa edad quieren jugar con otros y no contra otros.

A los 7 u 8 años comienza el pensamiento abstracto y la expresión de habilidades técnicas, y una mayor destreza motriz en el aprendizaje de las mismas. Es cuando se comienza a separar al niño por categorías: pre-décima, pre-novena, etc. En esta fase, si se coloca al niño en una cancha con altos ideales y si éstos no se alcanzan, lograremos jugadores con miedo precoz a la frustración, niveles de ansiedad y de estrés. En esa edad, el niño tiene un umbral de aprendizaje, y no es bueno ir por debajo ni por arriba del mismo. Se debe trabajar sobre los valores del juego, la diversión, el placer, la creatividad, remarcando el desarrollo de la motivación y el trabajo en equipo. El niño seguramente quiera jugar como los adultos o su ídolo preferido, pero es tarea del educador de ayudarlo a pensar que para poder cumplir sus ideales se necesitan valores como tolerar errores, capacidad de espera, esfuerzo, etc. Valores que irán formando las actitudes sobre las que se edificará el espíritu deportivo.

Entre los 10 y 12 años ya hay aumento de coordinación y manejo interno y externo de atención, lo que permite comenzar a trabajar la parte estratégica del juego. Hay noción de reglas, del otro diferente a mí, del esfuerzo y el sacrificio, donde la parte volitiva comienza a integrarse a la motivación. Una de las cosas más importantes cuando se trabaja con chicos es saber diferenciar entre lo prioritario, que es la enseñanza, de lo lúdico y lo accesorio, que es el resultado. Hay que poder blanquear siempre las diferentes realidades. Se debe remarcar, incluso a costa de ser machacón, un concepto clave: no quedarse pegado en el resultado. Innumerable cantidad de veces solemos escuchar frases como “hoy tenemos que ganar”. Reflexionemos juntos: ¿Y ayer no, y mañana tampoco? ¿Qué significado posee la palabra ganar? ¿Qué clase de carga psicológica o mandato transferimos al niño?

El entrenador no puede estar distraído más allá del juego, necesita realizar una inicial lectura de las diversas personalidades en formación. A alguno será conveniente activarlo, otro estará excesivamente motivado y sale a 120 kilómetros por hora, otro está angustiado, otro posee cierta característica melancólica y necesita refuerzo interno, en otros su rendimiento estará condicionado a la presencia o ausencia de los padres y, en esos casos, se necesitará cumplir el rol de objeto externo de seguridad y sostén.

A veces, la familia o el profe se extralimitan y bajan un discurso que el niño no entiende. Se baja línea directamente desde el manual de la técnica, y es necesario tener paciencia y comprensión.


Los padres deben acompañar a jugar a sus hijos y no a ganar, de lo contrario los chicos terminan comprando el discurso de los padres y se desdibuja la elección. Si los dejan elegir, es distinto el resultado. Podemos graficarlo desde dos tipos diferentes de miradas: uno, el que le pregunta al hijo luego de un partido: ¿te divertiste?; y el otro, que pregunta: ¿ganaste? Muchas veces, el hijo pasa ser la provisión narcisista de todo aquello a lo que los padres no pudieron acceder, y esto hay que advertirlo a tiempo.

El cuerpo técnico debe tener un catálogo normativo para padres y lograr que éstos colaboren con el equipo en forma positiva apoyada en valores de crecimiento. Poder integrarlos de alguna manera al equipo, pero desde otro rol. Por ejemplo, encargarse de las combis cuando se juega de visitante, ayudar a recoger el material de entrenamiento, participar en algún juego, encargarse del carpool para llevar y traer a los chicos, aprovechando en ese espacio para sostener una escucha abierta sobre los comentarios tanto al ir como al volver de las prácticas y partidos, elegir un capitán del equipo de padres, una madre que se ocupe de las carteleras, otro padre que se encargue de la disciplina de los propios padres, crear un reglamento normativo para padres que lo firmen todos como un reglamento de convivencia, ya que muchas veces éstos se desdibujan del lugar que ocupan para transformarse en uno más de la locura de la hinchada. Padre que grita y no respeta al hijo, tarjeta amarilla; a las tres tarjetas amarillas, tarjeta roja sin poder asistir a determinada cantidad de partidos. Ante situaciones de vergüenza y creación de límites acción-reacción, comienzan a cambiar aprendiendo tardíamente de sus conductas antideportivas. Como dice el video y parafraseando a Joan Manuel Serrat “Padres, dejen de joder con la pelota”


Estas actividades ayudan a que el padre no sea sólo un simple espectador observando y criticando conductas, permitiéndole formar parte de los aspectos lúdicos del juego, generando un rol y una pertenencia externa al equipo de sus hijos.
A los doce años generalmente se abandona el deporte porque se cansan, pudiendo ser retomado más tarde. Muchas veces, estas situaciones son producidas por déficit o por exceso de presencia paterna. ¿A qué me refiero? Los chicos necesitan estar sostenidos por la mirada de sus padres, ser alentados, dando lugar al desarrollo de una sana autoestima. Cuando hablamos de presencia en exceso nos referimos a la extrema presión paterna, donde no juegan por su deseo de participar sino para satisfacer a los otros. Muchos sabemos de grandes profesionales que han tenido que dejar el deporte por estas razones, como un famoso tenista argentino recientemente desvinculado del deporte profesional.

En el deporte, la figura del profesor se vuelve muy importante. A veces, el deporte es el profesor; él es el experto y la figura de identificación más importante.
El niño juega, se equivoca, se enoja, comparte con otros, se desconcentra, se desmotiva, se frustra, quiere resultados rápidos, se siente evaluado todo el tiempo. Detrás de la actividad pedagógica hay una enseñanza que no puede pasarse por alto, que es el aprendizaje de vida de cada situación deportiva, que le permitirá ir encontrando soluciones ante situaciones aprendidas. Ése es el rol más importante de los que estamos implicados en la prevención, salud y educación de nuestros jugadores.

Todas las experiencias deportivas son en sí muy intensas, pudiendo pasar en un breve período de la exaltación a la caída, de la sobreactivación a la desmotivación. Son ésos los momentos vitales donde la presencia del entrenador toma un papel preponderante desde su palabra y ejemplo. Nadie puede poner en juego lo que nunca ha recibido o le han enseñado.
El profesor se torna en un modelo a imitar, y muchas veces parecen semidioses, por eso es importante la comunicación del entrenador de forma normativa y coherente, relativizando los resultados, remarcando los principios del esfuerzo y los valores internos de la competencia.

Juego y deporte. ¿Qué significa jugar?

Hablamos mucho acerca de habilidades, técnicas y tácticas. Pero, ¿cuántos se han preguntado cuál es el significado del juego?. ¿Qué es jugar? Pues bien vayamos a sus fundamentos.

Jugar es una actividad libre que ocurre en un tiempo y en un espacio externo. Es la expresión de nuestro “Yo” y cumple una función de aprendizaje de capacidades y habilidades, de exploración y de proyección del mundo interno al mundo externo. El juego proporciona placer pues libera energías y descarga fantasías, es espontáneo, libre ya que nadie juega por obligación. Cuando hablamos de deporte, hablamos de competencia y de descarga de energía de agresión, de dominio, de rivalidad y de normas. Según se maneje la agresividad ésta puede tener un fin sublimado en sí misma, o transformarse en violencia. Ante la agresividad del juego, puedo hacer un try o insultar y golpear al que lo hizo.
Según el psicoanalista Donald Winnicott, los niños juegan por placer, para expresar la agresividad, para dominar la angustia, para acrecentar su experiencia individual y para establecer contactos sociales y juegos de equipo. El juego favorece a la integración de la personalidad permitiendo establecer canales abiertos de comunicación con los otros. Permite incursionar en diferentes ambientes y aprender en distintas situaciones lo que desarrolla satisfacción personal, seguridad y conciencia de su propio saber y valer, descifrando una manera de ser en el mundo. El niño, desde las primeras experiencias ante lo desconocido, comienza a descubrir nuevos territorios y a manejar diferentes situaciones emocionales de dolor y pérdida, donde descubre que todo no es placer puro. Un niño saludable juega. Cuando eso no sucede y vemos que un chico no puede jugar, es un llamado de atención ya que subyace algún problema que inhibe su comportamiento.

Cuando hablamos de niños pequeños debemos remarcar la libertad de expresión en el puro despliegue de su acción. He visto a muchas madres romper ese encanto al no permitir que sus hijos jueguen en el barro, se ensucien, o señalar continuamente el miedo a la lesión manchando el sentido del juego el cual se trasforma en algo condicionado por el medio. Según la madre el niño podría jugar de acuerdo a las condiciones climáticas y al peligro imaginario del medio. Asimismo jugar satisface la necesidad de alcanzar prestigio. “Acá estoy yo” “Yo puedo hacer tal cosa” colocando al jugador en un marco de derecho de existencia donde anhela ser lo que se espera de él. En el juego no existe ninguna conexión con lo racional, se opone a lo serio, pudiendo afirmar, como decía Johan Huizinga, que “jugar es lo serio”.

Así como la cultura a la que pertenece igual posee sus normas y reglamentos, el deporte también los tiene. Cuando traspasamos sus límites se deshace el mundo del juego. El silbato del referí, un penal, una agresión física o verbal, rompe y deshace el juego y el que infringe las reglas arrebata y corta la ilusión de grupo. Por eso es sacado o expulsado porque amenaza la existencia del juego y del equipo. El juego es un ir y venir, es dar y recibir, un enlace y un desenlace donde una jugada se recrea y se reinventa a cada instante. Nunca encontramos la satisfacción total de lo que se busca por eso es que se torna tan desafiante en su recorrido hacia nuevas metas. Continuamente corremos tras la búsqueda del placer en la ambigüedad de cada encuentro. Jugar es sorpresa, suspenso y resolución de tensiones internas.

A medida que va creciendo la competencia, se va opacando su significado lúdico. Muchas veces el juego y el trabajo se entremezclan donde la creatividad y la espontaneidad son desplazadas por las presiones del alto rendimiento. El jugador sabe muy bien jugar, pero duda ante esa nueva realidad que se le presenta; y en altas esferas del deporte, es muy difícil poder sostener el juego durante todo un partido. Son situaciones donde se debe saber jugar con el factor presión: “me la juego”, “me la banco”, “me enojo”, “me lo saco de encima”. Algunos saben jugar, están relajados, despreocupados y disfrutando el momento, otros no y se refleja en sus torpes movimientos y en la lectura de su lenguaje corporal.

El manejo de las presiones es la capacidad de resolución del problema, donde se ve la diferencia que marca la diferencia. Si no se logra eliminar ese elemento perturbador, permanece pegado al error, a una situación anterior o al miedo de un resultado posterior. Es por eso que debemos enfocarnos solamente en nuestro juego y abrir la cabeza. Si nos quedamos inmersos en pensamientos y fantasías nunca vamos a ganar. La exigencia y la motivación de triunfo muchas veces es devastadora ante una sola posición tolerable de pensamiento. “Siempre hay que ganar”. Es bien conocida la experiencia por la que pasa un profesional de golf o de polo, donde se comparten espacios de amistad y de rivalidad al mismo tiempo. No todos pueden soportar esas presiones, sobre todo en largas competencias en el exterior, ante la ausencia de algún familiar que pueda contener ese vacío.


En el polo se dan muchas de estas variables. Contrariamente al rugby, un jugador no comparte un equipo toda una temporada logrando la identidad, pertenencia y cohesión grupal que posee este deporte. Sus jugadores van cambiando continuamente de equipo, de país, dependiendo del torneo y del patrón de turno por lo que es tan difícil en el polo sostener una buena cohesión grupal transformándose muchas veces en un equipo de individualidades. Pues bien, comienza una nueva temporada y espero que estas reflexiones sean disparadores para los que nos dedicamos al deporte para poder pensar qué significa la palabra juego. Como jugadores buscamos una sana competencia; como entrenadores y formadores de salud, aplicamos sus conceptos remarcando los valores del deporte; como padres debemos preguntarnos como acompañamos a nuestros hijos; los dejamos jugar libremente o los condicionamos a los valores impuestos por la sociedad, donde es necesario poseer la mejor indumentaria deportiva y ser reconocido como muy buen jugador o simplemente los apoyamos en su inserción en el mundo deportivo para aprender nuevas maneras de resolver situaciones, que más tarde seguramente serán aplicables a situaciones de vida.

Esta continua dialéctica deporte-juego le irá proporcionando nuevas maneras para ir encontrando respuestas aprendidas en situaciones pasadas. El juego no es la vida corriente, pero podemos relacionarlo con ella en cuanto a la manera de encarar cada situación donde la creatividad, espontaneidad y capacidad de decisión y respuesta serán las claves del deporte y de la vida. La vida también implica tensión, problema, ruido, incertidumbre, caer y volver a levantarse. Son características que en cierta medida podemos relacionarlas al juego. El tema principal es poder ganar o perder contra elementos inconscientes pudiendo vencer a nuestro rival interior.

Los expertos en combatir no se encolerizan, los expertos en ganar no se asustan. Así el sabio gana antes de luchar, mientras que el ignorante lucha para ganar.
Zhuge Liang
- El arte de la guerra

Competencia: Ganar o perder, esa es la cuestión



Toda competencia presupone una cierta clasificación y reconocimiento para los mejores. En una justa deportiva se gana o se pierde, y saber sobrellevar el resultado dependerá de los objetivos en juego.
Aquellos basados solamente en el resultado no serán todo lo beneficioso que uno espera, ya que alejará el juego, lo lúdico y creativo, del presente. Más allá de todo esfuerzo, no se puede certificar ni garantizar el triunfo. Ganar o perder forma parte del deporte y de toda competición, y sólo uno se alzará con la soñada copa.

Si salimos a jugar solamente por el reconocimiento, por alcanzar ese deseo y esa satisfacción tan grande e inmediata como es un campeonato, seguramente nos vamos a sentir muy mal al no alcanzarlo. “Jugar” es mucho más que coronarse campeón.
Las expectativas muy altas, desmedidas, generan frustración, inhibiendo al jugador en su coordinación y flexibilidad física y mental. Este sentimiento de fracaso va unido a la autovalía de cada uno y ser un perdedor es una de las más caras heridas narcisistas masculinas. Es un dolor emocional que golpea al jugador en su identidad. En un mundo exitista, ¿quién quiere ser un perdedor?

Un buen equipo sale a la cancha a demostrar quién es, a poner en juego los objetivos alcanzados y la superación obtenida a lo largo de todo el año. En ese crecimiento y progresión alcanzados partido a partido, mas allá de todo dolor y de toda pérdida, creyendo en lo realizado con esfuerzo y sacrificio, remarcando lo obtenido porque se han preparado para este momento, sabiendo que pueden ir por más ya que confían en ellos mismos, es donde está la clave para recorrer un camino nuevo.

De esa manera se obtiene la satisfacción de saber que se ha dado todo lo posible, más allá del resultado. Se puede perder, pero la autoestima no tambalea, la derrota se convierte en una zozobra momentánea y, por lo tanto, no será tan dura. He visto a muchos jugadores llorar luego de una aplastante derrota, pero ¿qué ganamos con esa actitud? Lo pasado, pasado está, fue. Luego, en algunos meses se debe recomenzar una nueva pre-temporada con aires nuevos para próximas batallas. Todo dependerá de con qué motivación entremos a la cancha, cuáles son las metas del equipo, sin perderse en la palabra resultado evaluación, control, examen, test.

llegamos a las finales del año en varios deportes y hemos visto partidos definitorios donde la actitud reinante era el nerviosismo. Juego apurado, descoordinación, incertidumbre al patear a los palos o salidas importantes, pelotas torcidas en los lines, penales, putts errados, salidas fuera de limites, etc.
No nos olvidemos que la falta de confianza y el apuro por la recuperación del tiempo perdido ante alguna falta, se traducen en caída de la atención, aumento de ansiedad e inseguridad, donde un error obliga a otro posterior en una cadena infinita de responsabilidades. El cuerpo sigue en la cancha pero la mente se va del juego.

Esto es lo que nos demuestra que la diferencia entre ganar o perder no sólo está en quien tenga las mejores aptitudes y habilidades físicas sino, además, en quien maneje mejor la presión y las emociones durante la competencia.

¿Quién es el mejor cuando los equipos se encuentran en similitud de capacidades? Creo que estamos de acuerdo que pasa un 50% en la mayor fortaleza mental o, según la jerga deportiva, en el que “juegue con más cabeza”.

Si tenés ganas de ganar el campeonato por el que tanto te has esforzado, andá y jugate en tu deseo, olvídando el espectáculo. La atención no debe permanecer ni un segundo afuera de los límites de la cancha, como asimismo los abucheos o murmullos del público no te deben sacar de tu juego. Muchas jugadas no van a salir, y el público, una de las mayores presiones, está ahí, comentando, apoyando o criticando, murmurando ante jugadas perdidas. Forman parte del show.

Pero la realidad es que ustedes no juegan para ellos, juegan para ustedes. No desperdicien esa oportunidad. El que va a levantar la copa será el equipo, no los de afuera. Fuera de la cancha todo es muy fácil, y nunca faltará algún comentario de más. Siempre buscamos un reconocimiento, el tema es el peso que pueda tener éste y cómo lo manejamos.

En muchos momentos el equipo contrario tratará continuamente de desconcentrarte. Si entrás en su juego y perdés la confianza, el otro la retoma como instrumento de poder, ya que gran parte del poder del otro es tu propia debilidad. El poder se da y se quita. Es una cuestión de quien lo sabe manejar mejor, y no dando oportunidades al rival en su obtención. Un equipo viene ganando, se confía y se relaja, el rival nos pasa por encima. El equipo se desorganiza ansiosamente en la posibilidad de recuperación del tanto, comete errores, penales injustificados y pierde él solito.

Entre los grandes obstáculos mentales en el juego está la posibilidad del derrumbe luego de un error, preocupándose por un pobre desempeño. Los grandes campeones, muchos de ellos los vemos diariamente por televisión, como Roger Federer o Tiger Woods, no sienten ese miedo paralizante ni se autodestruyen por sus errores, ya que saben manejar mejor esas emociones que el rival que tienen enfrente.

Es increíble la manera tan certera como se hablan antes de una definición. Tiger Woods suele decir ante un putt sumamente difícil, el que puede definir un campeonato: “Este tiro es tan fácil que hasta lo puede meter mi mamá”. Eso alivia la mente, se centra en el juego, piensa en abstracto, se relajan los músculos y el resultado es el visto por todos nosotros.
Ante un tiro a los palos, o cualquier otro definitorio, ¿podrías pensar lo mismo?

Espero que estos párrafos te sirvan para poder demostrar todo lo que valés, y que ningún obstáculo exterior de juego quite tu atención de tu objetivo.

¿Qué es lo que se busca en estas finales tan competitivas? ¿Narcisismo y reconocimiento del ego, o autorreconocimiento, autorrealización y la sensación de la tarea bien cumplida?
El éxito de un equipo es un recorrido y éste es el camino mismo. Se recorre jugada a jugada, partido a partido. Se construye en cada entrenamiento, en cada adversidad compartida y superada en equipo.

¿Cómo te pensás en cada partido? ¿Qué título le pondrías a cada competencia? ¿Cuáles son los pensamientos que representan cada una de tus fortalezas y que te encaminan en el sendero de tu éxito personal? No dudes, confíá en ellos.
Antes de entrar a la cancha pensá cuáles son los pensamientos que más te molestan, analizalos, retiralos de escena y que no molesten. Este simple principio mental también es una manera de saberte respetar.

Si no recordás el título de este artículo te lo vuelvo a transcribir: “Ganar o perder, ésa es la cuestión”; obviamente rememoro a Shakespeare cuando nos sentencia: “Ser o no ser, ésa es la cuestión”. Pensalo.

Clasificación de los juegos: Juegos que juega la gente

El juego forma parte de la cultura. Es fundamental en los primeros años y sigue creciendo y acompañando al hombre en su adultez. En la infancia se juega por el placer que el juego brinda ya que es una actividad libre, espontánea y desinteresada que contribuye a su desarrollo físico y emocional. En el adulto es un complemento de su tiempo de trabajo y de ocio. Da la posibilidad de salir de una realidad, para sumergirse en otra distinta bajo el reinado del placer y la diversión, pudiendo dejar de lado por un tiempo los esfuerzos cotidianos para reestablecer su armónico equilibrio.

La amplia variedad de juegos desarrollados en las sociedades humanas ha llevado a especialistas a clasificar los tipos de juegos existentes de acuerdo a diferentes aspectos del juego. Ya que nos ocupamos de deporte, es importante poder conocer su clasificación para saber dentro de qué categoría se inserta el deporte que jugamos.
Robert Caillois, antropólogo y ensayista francés, ha clasificado y agrupado la actividad lúdica. En su libro “Los juegos y los hombres”, Caillois describe la estructura del juego configurado en cuatro formas:

• El combate o la competencia que hace intervenir la voluntad individual (“agon”).
• La decisión dejada al azar o la suerte en que se renuncia a la voluntad de competir (“alea”).
• El mimetismo o simulacro (“mimicry”).
• El vértigo o el trance (“ilax”). Deportes extremos.

Agón es una palabra del griego antiguo que significa contienda, desafío, disputa. El Agón era la contienda de antiguos héroes griegos que se enfrentaban a las pruebas brutales de los dioses. De acuerdo a su valentía, astucia, ingenio, honor y fuerza demostraban quien era el más poderoso sobresaliendo por la combinación de sus habilidades lo que le otorgaba inmortalidad a la leyenda.

Es un encuentro formal que tiene lugar entre dos personajes o dos grupos con la necesaria presencia de otro. En esta clasificación nos referimos a los juegos de competencia donde los participantes se encuentran y se miden en igualdad de condiciones prevaleciendo el éxito del vencedor. Se trata de un reto en relación a una cualidad como ser: resistencia, rapidez, velocidad, memoria, ingenio, destreza, creatividad. Predomina el dominio de sí y el respeto a la reglas. En esta categoría incluimos el polo, rugby, box, fútbol, hockey, ciclismo, etc., donde predomina la fuerza muscular; en los juegos de salón, y el ajedrez sobresale la fuerza cerebral. En otra área encontramos el golf y tantos otros donde el placer surge de tener que obtener el mejor resultado posible de una situación enfrentando, las condiciones y obstáculos de la naturaleza.

El agón supone atención sostenida, voluntad por vencer, disciplina, entrenamiento apropiado, esfuerzos asiduos, objetivos, responsabilidad, perseverancia. Su objetivo no es infligir daño sino demostrar la superioridad donde el jugador debe saber aplicar sus recursos de la mejor manera posible. Está relacionado al merito personal y a los recursos propios.


Alea: proviene del latín y significa, "el dado fue echado" o "la suerte está echada". Es la oposición al agón. No se trata de vencer ni competir ya que el resultado depende del destino, único artífice de la victoria. Por ejemplo en un juego de cartas supone que el ganador ha estado favorecido por la suerte. Podemos citar: dados, ruleta, lotería, quiniela, tragamonedas, juegos de azar.

Su característica es que se basa en la inmovilidad y la espera. No importan las habilidades y destrezas deportivas ni la disciplina o el esfuerzo. Todo es cara o seca, como dice Callois en su libro: El alea no tiene como función hacer ganar dinero a los mas inteligentes, sino abolir las superioridades individuales a fin de poner a cada cual en igualdad absoluta de condiciones ante el ciego veredicto de la suerte.

Mimicry deriva del término inglés que significa mimetismo. No predominan las reglas sino la simulación de una segunda realidad. El jugador escapa del mundo haciéndose otro por medio de la mímica, la careta y el disfraz. Por jugar al fantasma se es un fantasma y el personaje cree que se transforma su personalidad. Presupone la ilusión y la creación de personajes, en un como sí, donde esos elementos forman parte del cuerpo transformando al sujeto en el personaje fantaseado, junto a una exaltación pasajera que le hace creer en su transformación.

El mimicry, el actor se acomoda a su papel representando una ilusión trágica y dramática.

Los disfraces, los personajes de lucha libre donde el vestuario y los luchadores escenifican dramas con un guión específico y con una relación con los espectadores convertidos en cómplices, los rituales religiosos, donde la máscara provoca la exaltación de los instintos y la sugestión de fuerzas temidas e invencibles como el chamanismo, las culturas aborígenes, el culto a San Lamuerte en México, el Ku Kus Clan, etc.

Su característica es la libertad, la creación, la suspensión momentánea de la realidad. Sobresale en dos aspectos: el misterio y el disfraz.

Ilinx: es una palabra griega que significa “remolino de agua”. Son considerados como atípicos en las clasificaciones de los juegos y se centran en la búsqueda del vértigo y la adrenalina, construyendo situaciones basadas en el pánico, el aturdimiento, el trance, la confusión y el desconcierto. Son situaciones que uno toma o rechaza. Podemos nombrar los deportes extremos como el bungee o salto libre, el paracaidismo, el snowboard, windsurf, automovilismo, descenso de ríos, surf, escalada, juegos como la montaña rusa o el aladeltismo con cambios bruscos de planos, direcciones, velocidades.
Son juegos sensoriales que se basan en la búsqueda del vértigo en un intento de destruir por un instante la estabilidad de la percepción y, de generar pánico y sobresalto a la conciencia lúcida.

En la vida adrenalínica, o vida thriller o ilinx, se buscan situaciones intensas que permitan ir más allá de las situaciones de placer donde lo riesgoso posee otro sentido. Genera bienestar luego de haber superado la prueba, más allá del peligro real del mismo, donde el Yo se engrandece en la acción con una sensación de triunfo sin la posibilidad de antemano de pensar si se podrá salir vivo. Se deja de lado la voluntad como asimismo a la conciencia real de la situación.

Sociedad y Deporte
El juego forma parte de la cultura por eso podemos afirmar que de acuerdo a la clase de juegos que predominan en una sociedad, éstos marcan el modelo de sociedad a que se pertenece de acuerdo a las leyes sociales que los sostienen. Otro célebre escritor como Huizinga definía al juego como “algo espiritual e irreductible con la capacidad de hacer perder la cabeza. Por eso al conocerse el juego se conoce el espíritu del que lo desarrolla”, o como muchas veces me han escuchado decir “se juega de acuerdo a como se vive”.
No podemos negar que en todos los tiempos siempre han existido competidores, simuladores, apostadores y exaltados con desiguales oportunidades de éxito o de satisfacción pero determinaremos qué es lo que resalta a las diversas sociedades de acuerdo a los juegos que predominan.

Las sociedades que rememoran el origen de los tiempos, como las denominaba Cailloi sociedades de confusión, como las australianas, africanas, ciertos países de América, son sociedades donde existe la máscara y la posesión es decir la mimicry: la pantomima y el éxtasis.

Por el contrario, en otras culturas de América y Europa presentan sociedades ordenadas, con organizaciones, con profesionales, con códigos y valores, privilegios limitados normalizados, donde el agón, es decir, el mérito y el esfuerzo aparecen como elementos primordiales del juego social. Caillois las denomina sociedades de contabilidad, porque las cosas son ordenadas, sus integrantes poseen capacidad de superación ya que se pone en juego la comparación y la competencia. En cuanto a los juegos el agón es el que apunta a la excelencia, supone ambición, superación, predomina la voluntad, mientras que en la alea dicha voluntad está totalmente perdida.

Muchas veces el gobierno parece ausente dejando al azar a sus ciudadanos, dando lugar al predominio de la alea, como en Argentinlandia. La falta de normas y límites es el reinado del caos que vence a la voluntad. Muchas veces se necesita de ella para poder decir no y no llegar a casos extremos como en la adicción al juego, o ludopatía, donde el límite no existe. Se juega ante la esperanza de ganar, y más aún en situaciones de crisis, cuando los gobiernos trastabillan y ya nada es seguro, la gente comienza a sentirse presionada y tiende a buscar soluciones mágicas, como en el juego y el azar.

Asimismo, ante situaciones de caos hay una tendencia a la regresión, es decir un retorno a las situaciones primitivas del vértigo y del simulacro. Ante la falta de sostén que me proporciona la racionalidad, me zambullo en lo alternativo, el pensamiento mágico y los hechiceros modernos.

Pues bien creemos que las sociedades basadas en la combinación del mérito y del esfuerzo, el agón, podríamos incluirlas dentro de las que se impone el progreso y el crecimiento. Son las que proyectan un futuro, un horizonte para sus sociedades y, en especial, para la juventud.

Nikefobia: Cuando se hace difícil cerrar un partido


Muchas veces hemos visto a grandes jugadores o equipos estar al tope en la tabla de posiciones y difícilmente mantener esa posición. El momento del cierre, de la definición, son los momentos más difíciles, los de mayor estrés y tensión. Es cuando la presión lucha por ser soberana y, en ciertos casos, hace falta un resto de fortaleza mental y potencia psíquica para poder controlarla. Esta situación despierta un proceso inconsciente que llamamos desde la psicología Nikefobia.
La Nikefobia es un fenómeno psicológico ligado con el miedo a triunfar, o como lo denominó S. Freud, el gran padre del psicoanálisis en uno de sus grandes escritos “Los que fracasan al triunfar”.

El nombre Niké, proviene de la diosa griega de las victorias, quien era capaz de correr y volar a gran velocidad. El hecho que siempre lideraba en competiciones atléticas, fue lo que inspiró al empresario Phil Knight, a nombrar así a su empresa de ropa deportiva. Su logotipo, la famosa ala o pipeta, está inspirado en la mitología y tomando un ala de la diosa Niké, la estiliza y es lo que solemos ver actualmente como marca identificatoria.Muchas veces he hablado de la baja tolerancia a la frustración, en aquellos deportistas que no soportan un error, una mala jugada o perder un partido. Son los que no toleran una pérdida que lastime su ego, respondiendo con la ira y el enojo.
Hoy en día, debido a la alta competencia, a las grandes sumas de dinero en juego, y a los valores impuestos desde la cultura del consumo y la inmediatez, es frecuente encontrarnos con un proceso contrario, donde mantenerse en lo alto cuesta demasiado, y se ve reflejado a la hora de cerrar un partido o campeonato. Ya no se trata del “miedo a perder”, sino de su contrario “el miedo a triunfar.”

Todos quieren ganar, eso es indiscutible cuando hablamos de deporte. Es un factor inherente a todo deportista. Pero cuando un jugador ve que sus sueños se van cumpliendo, donde ese ascenso es más rápido que su capacidad de elaboración y asimilación, cuando está más expuesto a la presión social, emergen miedos escondidos y latentes por conservar esa posición, por satisfacer ese deseo que pueda obstaculizar el encuentro con el placer y la satisfacción.

Según Steffano Tamorri en su libro Neurociencias y Deporte, define ”Nikefobia (succes phobia) como ‘miedo a la victoria’, y es un fenómeno por el cual el atleta rinde más en el entrenamiento que en la competición, falta sistemáticamente a los eventos deportivos mas importantes, y falla cuando está a punto de conseguir una victoria”.
Aclarando la definición sostengo que en el momento de poder demostrar todo su potencial y deseo por vencer, una fuerza actúa en contra, una gran descarga inconsciente de tensión invade el aparato psíquico, donde el jugador queda inhibido en sus funciones motoras, no pudiendo definir la jugada.

A veces, los deportistas comentan que no quieren perder, pero detrás de ese discurso es que no quieren ganar. Domina una resistencia a encontrarse con lo nuevo, ya que lo nuevo a veces asusta, y ante el temor a lo desconocido se culmina con la repetición de lo aprendido saboteándose a sí mismo.

Éstos son mecanismos inconscientes arraigados desde la infancia, donde siempre se jugó desde un lugar de acuerdo a las identificaciones primarias, repitiendo formas de pensar y actuar de acuerdo al rol en que fue colocado por sus padres.
. ¿Y para qué voy a estudiar, si todos me dicen que soy tonto?; ¿para qué voy a entrenar, si me dicen que nunca voy a llegar a ningún lado?; ¿para qué voy a jugar, si me dicen que soy un vago? ¿Para qué voy a ganar, si siempre fui un perdedor?

Estas y muchas otras creencias grabadas desde la infancia por personas significativas (padres, maestros, profesores, entrenadores), hacen que el sujeto juegue desde ese rol, actúe desde ese lugar, identificándose con lo escuchado, visto o hablado por personas importantes, dejando a un lado responsabilidades, tenacidad y sacrificio, y más aún “su propio deseo” por llegar a su meta.


Si bien la derrota es una pérdida difícil de sobrellevar, hay en ella implícita una resistencia o beneficio secundario, proceso por el cual se trata de llamar la atención desde lo negativo, dando pena, en una necesidad de afecto y cuidado, que quizás de otra manera no se hubiera conseguido.

Ganar implica profesionalismo, responsabilidades, esfuerzo y sacrificio. Involucra mayor cantidad de entrenamiento, mayor disciplina como asimismo coraje para jugar sin miedo a perder su objetivo y mantenerse en el mismo nivel o categoría.
Podría pensarse: “El jugárselas por algo”, pero desde un lugar formado por ideales propios demostrando garra, firmeza, no temblando el pulso en el momento de decisión pudiendo definir sin miedo a perder o a ser negativamente evaluado. Los grandes campeones, tienen gran capacidad de respuesta ante cualquier desafío. Van y se juegan por su objetivo, por su deseo.

La presión siempre va de la mano de nuestros pensamientos, y nosotros tenemos el poder de dirigirla. Nuestro “Yo” es el que posee esa gran capacidad sintetizadora y decide qué hacer según normas y valores propios. Ese proceso se podría postular desde la pregunta: ¿juego y gano para mí, por mis ideales, o para cumplir el deseo y la demanda de los otros y mantener a salvo mi ego?

La Nikefobia puede surgir también como consecuencia del aislamiento que debe sufrir un jugador cuando el éxito lo aleja de su vida cotidiana, de su familia y amigos más íntimos. Es la soledad del campeón, del ídolo que está arriba, y desea bajar a la vida común donde pertenecía.

La misma situación podemos observarla en otra cara del deporte, la de jugadores que viven siempre lesionados ¿Qué se oculta ante tanta repetición? En ciertos casos, el lesionarse es una forma de huir, de no involucrarse para no quedar expuesto ante tanta presión y expectativas de los demás. Es la defensa perfecta porque una lesión es real y no psicológica, pero tiene su origen en la psiquis.

Debo remarcar que estas conductas forman parte de un proceso totalmente inconsciente, donde el sujeto no es “consciente” de lo que le pasa, y sufre por la decepción ante la pérdida de lo logrado. Es una lucha de fuerzas encontradas donde por una parte se quiere ganar, pero por la otra perder.

La frase “Fácil es llegar, lo difícil es mantenerse” resume con claridad todo lo expuesto. Llegar implica responsabilidades y esfuerzo para conseguir día a día, partido a partido, el anhelado sueño de alcanzar la meta final que nunca se alcanza.

*A pesar de todo lo expuesto, debe quedar bien en claro que no todo es miedo a ganar y que también influyen factores exógenos como la estrategia, capacidad del rival, unión y cohesión del equipo, etc. Por lo tanto psicologizar todas las situaciones y creer que las responsabilidades se hayan unicamente en la psiquis es un error del cual somos conscientes los psicologos aunque no todos.

¿Qué es la Psicología del Deporte?

El deporte masivo y de alta competencia, viene desarrollándose en forma significativa en los últimos tiempos. La cantidad de exposición de deportes en los medios de comunicación masivos, ha conseguido que comiencen a ser observados desde otra perspectiva, y es allí, donde la psicología aplicada al deporte, es cada vez más aceptada en todos los niveles a través de una nueva mirada científica.Hoy en día los entrenadores y deportistas, reconocen la importancia de factores psicológicos y mentales para poder efectivizar el mejoramiento del profesional o amateur.Dentro de algunos deportes como el tenis, el golf o el atletismo, su utilización es visible y en expansión. Hoy prácticamente cada deportista menciona algunos aspectos de la ayuda del psicólogo en una entrevista, como lo hemos escuchado a algunos jugadores de tenis como Coria o Gaudio, en el golf como Tiger Woods, Watson o Tom Kite, el rugby con Johnny Wilkinson, o el equipo de hockey de Las Leonas. En otros deportes en nuestro país, por ejemplo el rugby o el fútbol, la psicología, tiene menos aplicación. Esto es comprensible, pero es erróneo. Es común que los directivos vean al psicólogo como una persona invasora, cuando su función es ponerse a la par del cuerpo técnico. Por ejemplo, si un jugador en el equipo se siente inseguro, la falta de comunicación, el miedo a errar, y otros factores grupales, pueden afectar la actuación global del equipo, o crear una fricción que, a su vez, se enquiste en problemas de larga duración, malas sensaciones y resultados grupales. Sometidos a presiones internas y externas de la competición, hoy muchos deportistas y profesionales recurren a psicólogos, en busca de una ayuda, que les permita desembarazarse de los obstáculos mentales que impiden una buena perfomance como ser: ansiedad, falta de concentración, poder controlar los síntomas de angustia tanto físicos como psicológicos, falta de motivación, pensamientos negativos automáticos que le impiden focalizar el objetivo, etc. Asi mismo, podemos destacar la inserción del deportista en una sociedad configurada por pensamientos y valores narcisistas y culturales, atravesada por el discurso del éxito, que imprimen en las personas la forma positiva o negativa de reconocerse, a través de “éxito” o “fracaso”.El psicólogo del deporte, estudia al jugador “en situación”, donde se prueba una y otra vez, analizando esas explicaciones y creencias “subjetivas” en la psiquis del deportista. Se ayuda a poder diferenciar entre ganar o ganarse, sirviendo la victoria o la pérdida, a situaciones para autoevaluar su capacidad para vencer esa derrota, y a su poder de recuperación ante un nuevo desafió, generando respuestas creativas y diferentes.Cuando una circunstancia anímica surge, puede suceder que sea desplazada a aquella habilidad mas jerarquizada. Si podemos lograr que se hable de ese elemento desestabilizador, apuntamos a liberar de la carga afectiva al jugador.La mente es capaz de casi cualquier cosa, incluso de jugar malas pasadas. Cuando las cosas empiezan mal en un partido, unas primeras malas sensaciones, un gol en los primeros minutos, todo ello crea el potencial para posesionarse en una actitud negativa. Afortunadamente, la mente es también capaz de hacer jugadas positivas, liberando al cuerpo en su creatividad, mientras afrontamos nuevos desafíos sabiendo como pensar y como pensarnos durante una competencia.